El trueno
¡Cómo pesa el cielo de plomo sobre los hombros!
A la espera del trueno, el bramido redentor de la tormenta,
busco tu mirada en rostros desconocidos.
Sólo encuentro ojos que miran hacia otra parte, otras vidas,
otros microcosmos.
¿De qué color serán hoy tus iris?
Tal vez gris asfalto, como los míos.
Tiñen de melancolía todo cuanto lame la vista,
ese cánido ansioso.
¿Y esta profunda certeza que me espolonea?
El saber de un hilo invisible que une nuestras pupilas,
justo en el centro.
Se alarga y acorta constantemente al son de nuestros vaivenes.
¿Dónde estará el cabo esquivo, el amarre del espíritu náufrago?
Navega la intuición hacia su encuentro siguiendo el rastro
de una energía sutil.
Atraviesa mares de azares, rutinas mecánicas, miradas desérticas,
corazones de espino, remolinos mentales...
¡Qué paradójico ir en busca de lo que nunca has perdido!,
como volver al hogar sin haberte alejado un solo paso.
La línea delimitada por dos pupilas, ¿qué es en realidad?
¿Un segmento en la intrincada geometría de la vida?
El cordón umbilical entre dos seres inmersos en un mismo líquido
amniótico.
No camino en vano. A la vuelta de cualquier esquina está agazapado
el momento. Cuando la lluvia cae purificando el aire, aclarando la vista
que, de pronto, capta.
El preciso instante en que los relámpagos quiebran la inmovilidad,
electrifican el hilo y vibra con fuerza.
Tras su estela, el trueno retumba imponente clamando una nueva primavera.
Mis ojos están abiertos.