Aquí, en la crisálida,
me arrulla el silencio.
Lejano murmullo de hojas,
leve latido de bosque.
Ya falta poco...
Un sutil hormigueo
se inicia en el abdomen
y asciende por el tórax.
Una y otra vez,
tengo el mismo ensueño,
bucle que me hechiza y atrapa.
Proyecto ese instante,
en el que se quiebra la pupa,
con un ligero crujido,
casi imperceptible.
Cuando despliego las alas por primera vez,
con suavidad, la más tenue brisa
basta para extenderlas.
El momento en que me elevo
grácil como un pétalo,
redimida como el viento.
Mi vuelo se funde con el aire,
la luz del amanecer.
Una nueva vida cuaja en el frescor del rocío,
bajo el azul zafiro, al amparo del sol naciente.
Y allá en la lontananza,
la línea púrpura del horizonte
ya no separa cielo de tierra: los une.