Los dedos largos y gélidos del invierno
arrancan del espíritu sombrías melodías.
Aguanto, persevero, recuerdo la cálida promesa
de la estrella nodriza.
Incluso el frío más helador -el del corazón-
es preludio de primavera.
Mas ¡qué difícil no flaquear en la ventisca!,
cuando las flores parecen sombras de otra vida
y las mariposas espejismos trémulos.
¡Qué recóndito el calor de tu afecto!,
en la desolación del hielo y la escarcha.
Y, sin embargo, a cada instante, la claridad
gana terreno a la oscuridad, la aurora al crepúsculo.
Como tu mente, que tras recorrer ciega
la noche más larga, se dirige poco a poco
hacia el cénit, dejando al descubierto
toda emoción que huye de la luz.
